La primera impresión, esa gran farsante

Hace unos días estaba en casa de mis suegros. Acabábamos de llegar del viaje y me encontraba en la habitación deshaciendo las maletas cuando una de mis hijas entró en el cuarto.

Miró al armario y, señalando a la parte de arriba, me dijo: “Mira mami, hay un peluche ahí arriba”. Yo la miré con poco interés, y sonreí doblando camisetas. De repente añadió sorprendida: “¡Es un león!”.

A mí poco me interesaba si había un león o un zoológico entero en el armario, tenía que deshacer seis maletas y era muy tarde así que la miré de nuevo, asentí con cara de sorpresa forzada y seguí a lo mío. A los pocos segundos volvió a la carga, esta vez emocionadísima: ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡¡¡que es Simba!!!

Ya imaginaréis que no voy a reflexionar sobre peluches, jaja, pero es curioso que aquella anécdota trajera a mi cabeza la diferencia entre ver algo, identificarlo o conocerlo. Y, por alguna razón lo asocié a las relaciones personales.

Cada día nos cruzamos con mucha gente por la calle, en el autobús o en el super. Como no les conocemos, apenas nos paramos a observarles, son sin más “gente”, “peluches” que no nos dicen gran cosa.

De repente, alguien nos presenta a uno de esos desconocidos y nuestro cerebro comienza a trabajar para identificarlo y saber si se trata de un “león” o una “jirafa”. Es una acción que lleva segundos, que hacemos de forma involuntaria y que, sin embargo, llega a marcar la mayoría de las relaciones personales. Y no sé a vosotros pero a mí, me absorbe de tal manera esa reacción que ¡casi nunca soy capaz de recordar el nombre de la persona que acaban de presentarme!

Mi cerebro está tan concentrado buscando etiquetas en función de su forma de vestir, de hablar, de comportarse, que no le da para retener su nombre. Y enseguida lo define en una palabra: la pija, el pintas, el flipao, el chulo, el pesao, la guay…; basándose en experiencias anteriores nos alerta sobre cómo es esa persona en cuestión.

Pero si se da la casualidad de que un día nos encontramos de nuevo con esa persona en la sala de espera de un hospital, en el rellano de nuestra casa o en la oficina, y conocemos su historia personal, la cosa cambia. Ya no es una persona cualquiera, una etiqueta o un individuo de un grupo concreto, es Fulanito, único e irrepetible. Mi amigo Fulanito.

A lo que voy es a que las primeras impresiones, desde mi punto de vista, son muy parciales. Quizá acierten en lineas generales de qué pie cojea pero cada persona tiene una historia personal, un nombre único que solo descubrimos si le damos la oportunidad.

Muchas veces cerramos nuestras puertas a nuevas personas porque los “leones” o las “jirafas” no nos gustan, pensamos que son todos iguales, pero quizá entre esos leones haya un Simba apasionante al que nunca conocerás simplemente porque por fuera se parecía demasiado a Scar.

Me gusta pensar que todo el mundo tiene amigos, y por tanto, si a otros les resultan interesantes, ¡algo tendrán! Cuanto menos caso hago a esa etiqueta instintiva, más disfruto conociendo nuevas personas.

Además, cuando pienso en mí misma, no me gusta la idea de ser etiquetada en un grupo. Me considero diferente; ni mejor ni peor, pero no me veo igual que a nadie que conozca.

¿Qué opinas tú de las primeras impresiones? ¿Interfieren en tus relaciones personales?

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Transmitir la fe en la familia

Este año mi hija mayor va a hacer la primera Comunión. Verla tan ilusionada por recibir a Jesús me ha recordado que uno de mis temores al ser madre fue si sería capaz de transmitirle la fe que yo recibí de mis padres y que ahora vivo.

No sé a vosotros pero a mí me parecía misión imposible, no sabía por dónde empezar. Para mí Dios es parte de mi vida, no son unas normas que puedes enseñar o un libro que puedes leer por lo que hacerlo tangible para mis hijos me resultaba complicado.

He pensado que quizá algunos estéis ahora en ese momento y los consejos que yo he ido recibiendo durante estos 9 años, y que tanto me han ayudado, quizá puedan serviros también a vosotros.

VIVIR LA FE EN LA FAMILIA

Lo primero que hay que tener claro es que la fe católica es vida: imitar la vida de Jesús; por tanto, el mayor legado para nuestros hijos es nuestro ejemplo. Cuanto más se parezca mi vida a la de Jesús, más fácil será para mis hijos conocerle y tratarle.

Al margen de esto, que es lo más importante (¡y lo más difícil!), nosotros hemos ido incorporando a nuestro día a día pequeños detalles que hacen que Dios sea uno más en la familia y en nuestras vidas.

Reconozco que no somos de poner figuras gigantes del Sagrado Corazón en la entrada de casa pero siempre nos ha gustado tener imágenes de la Virgen en las habitaciones. Imágenes tiernas, de madre, que cuando las miras te mueven el corazón y te llenan de paz al saberte acompañado.

Imagen en la habitación de las niñas

Otra costumbre que vivimos desde que eran muy pequeños, es rezar en el momento de acostarse; una oración sencilla para dar gracias por el día recibido, charlar con nuestro Ángel de la guarda y pedir por quienes más lo necesiten. Según han ido creciendo, han aprendido también el avemaría, el gloria y ahora eligen ellos qué rezar cada día.

También a diario bendecimos la mesa, para dar gracias por la suerte que tenemos de que no nos falte de nada. Es muy sencilla pero me encanta: “El niño Jesús que nació en Belén bendiga la mesa y a nosotros también, amén”.

En épocas concretas como en Navidad, mayo, Semana Santa hacemos otras cosas pero ya os las contaré en otro post 😉

Y vosotros, ¿cómo transmitís la fe a vuestros hijos?

Cómo hacer que tus hijos sean felices sin gastarte una fortuna

Empezamos un nuevo año y todos nos proponemos nuevas metas que nos hagan ser un poco más felices. Pensamos en hacer más ejercicio, comer mejor, viajar… pero quizá nos olvidamos de que la felicidad está más relacionado con la actitud, que con una lista de sueños por cumplir.

EL CAMINO DE LA FELICIDAD

Aún queda mucho para saber si mis hijos serán felices el día de mañana pero, hace poco, pasó algo que me hizo pensar que vamos por buen camino .

Mi hermana vino a verme a casa y quise enseñarle algo en el móvil. Como estaba sin batería nos sentamos en el suelo para que el cable diera de sí, ya que el enchufe estaba muy bajo. De repente, apareció mi hija de 8 años, y según nos vio, salió corriendo de la habitación.

Al minuto volvió con un cojín para cada una, y nos dijo: “He pensado que estaríais más cómodas”.  Me sorprendió gratamente lo feliz que estaba por ese servicio. Y me recordó estas palabras de Joan Costa: “Vuestros hijos serán felices en la medida en que deseen hacer el bien”.

Suena un poco abstracto, pero lo explica con un ejemplo que a mí me llegó al alma. Escena típica en la mesa. Se acaba el agua o el pan y todos miran a un lado y a otro hasta que alguien se levanta, rellena la jarra y al volver dice: “Pero qué pasa, ¿que siempre tengo que levantarme yo?”.

No sé a vosotros pero a mí me pasa eso a menudo, y no me percaté, hasta que no lo oí de este hombre, que el mensaje que transmitimos a nuestros hijos con esa actitud es que servir a los demás es un rollo.

Y pienso que pasa lo mismo con quién baja la basura, o quién recoge la mesa, quién se levanta a abrir la puerta cuando estamos todos a gustito en el sofá, etc; si profundizamos nos daremos cuenta de que, si nos cuesta tanto, es porque nos falta querer un poquito más a los demás.

Si quisiera a mi familia más que a mí misma me sentiría feliz de hacer su vida más agradable; me pasaría como a mi hija, que ayudándoles sentiría satisfacción no malestar por romper con mi comodidad. A veces estoy tan pendiente de mis cosas que soy incapaz de ver con qué pequeños detalles -como unos simples cojines-, puedo sorprenderles.

Y puesto que los hijos aprenden con el ejemplo, está en nuestras manos que aprendan a desear hacer el bien, y a disfrutar haciéndolo.

Por supuesto, cuando estemos cansados, y nuestros hijos ya tengan cierta edad, debemos pedirles con cariño si pueden ser ellos quienes traigan más agua, recojan la mesa o bajen la basura; sin olvidarnos de darles las gracias con una sonrisa cuando vuelvan, para que vean que son importantes y se sientan felices por colaborar.

Sinceramente me parece una meta difícil de alcanzar pero creo que, si hacerlo puede ayudarles a ellos a ser felices, merecerá la pena el esfuerzo, ¿no creéis?

Una Navidad diferente

Hoy celebramos la Navidad. El día en que Dios, decide hacerse Niño para acercarse a nosotros.

¿Has pensado alguna vez cómo fue?

Hace muchos, muchos años, los hombres veían a Dios como un ser muy lejano, invisible, inalcanzable. Y Dios no paraba de enviar profetas para que vieran que se preocupaba de ellos, que les quería; pero los hombres no se enteraban…; así que, viéndoles tan perdiditos, pensó: me haré uno de ellos para que les sea más fácil conocerme, para que vean que les quiero, que me importan; que pueden hablarme y tratarme.

Imagino la cara que se le quedó cuando las puertas, a las que María y José llamaban aquella noche, no se abrían…; y la cara que se le quedará cuando, año a año, llama a mi puerta y yo estoy a mis cosas y tampoco abro…

Por eso esta Navidad quiero que sea diferente; quiero que se encuentre muchas puertas abiertas, con ganas de recibirle; probablemente afanados en preparar la comida, arreglar a los niños, recoger, etc, pero ilusionados porque el Niño Dios vuelve a nacer, pero esta vez en nuestros corazones.

Dios dejó en manos de María que Jesús naciera. Esperó a su “sí” o “no” para realizar obras grandes a traves de Él. Hoy me pregunta a mí (y a ti) si yo también quiero que actúe en mí, a través de mi vida; no quiere hacer nada sin mi permiso. De mi “sí” depende que Él continúe.

Quizá este año, como a mí, te resulte muy difícil decir que sí. ¿Cómo voy a decir que sí quiero estar enferma? Me siento incapaz…, pero después de mirar a María y ver lo que consiguió con su “sí”, he decidido confiar en Él, dejarle nacer en mi corazón para que continúe haciendo cosas grandes por nosotros.

Suena un poco fuerte que sea yo quien decida si puede seguir haciendo cosas por nosotros…¡pero es así! Dios nos quiere tanto que quiere que seamos protagonistas en esta aventura, no meros espectadores.

Ojalá que, a pesar de las dificultades que podamos vivir esta Navidad, sumemos entre todos un gran “SÍ”, que emocione a Jesús al encontrar tantos corazones felices de acogerle.

¡FELIZ NAVIDAD!

¿Qué personaje del Belén elegirías tú?


Si tuviera que decir qué personaje del Belén me gustaría ser, siempre he pensado que elegiría a los pastores. Les veo sencillos, felices con lo poco que tienen, afanados en su día a día…; sé que me daban mil vueltas en humildad pero por alguna razón cuando miro al Belén son los que me atraen. Eso de ser los primeros en enterarse de que Dios había nacido supongo que me tira mucho, jeje!

Sin embargo hoy, me he dado cuenta de que los más privilegiados fueron ¡el buey y la mula!; acogieron a la Virgen y a San José cuando estarían ya un poco desesperados al no encontrar un sitio digno donde naciera el Niño Jesús.

Vieron todo el proceso y estuvieron bien pegaditos a la Sagrada Familia todo el rato, acompañandoles, dándoles calor sólo con su presencia, cuidando de ellos…; tiene narices, y nunca creí que diría esto, pero yo ahora ¡querría ser esa mula!

Y esa mula también me ha dado hoy una buena lección, que de cara a la Navidad creo que nos puede ayudar a todos. ¿Cuál fue la misión de la mula? Estar ahí quieta. No hacer nada. Dar calor con su presencia.

No digo que no tengamos que hacer nada en estas fiestas, pero creo que Dios nos invita a ser un poco mulas, a no agobiarnos con llegar a todo y más. Nos enseña que, a veces, menos es más. Y más vale una madre (o padre) alegre y cerca del niño Dios que una entre fogones y de muy mala leche.

Hace poco leí que es curioso cómo la Navidad ha ido adquiriendo un protagonismo cada vez mayor: más luces, más regalos, más comida…, para celebrar el nacimiento de Jesús; y sin embargo, en muchos hogares, no se invita ni se recuerda un instante al homenajeado.

Pensé que tenía toda la razón, ¡incluso a los que queremos acordarnos a veces se nos olvida! Por eso esta Navidad quiero que sea diferente: nada más levantarme, iré al Belén y le diré: ¡muchas felicidades, Jesús! Como hago con las personas a las que quiero en su cumple. Y le pediré que, aunque el día sea ajetreado y no le preste mucha atención, quiero que venga a mi corazón; que dejo la puerta abierta para que entre.

Y a ti, ¿qué personaje del Belén te dice más?

Si te enfadas a menudo con el mundo, y no sabes por qué, este post es para ti

Me considero una persona alegre, amable, cariñosa, sociable, empática; tengo una familia estupenda, amigos, un hogar, trabajo, comida… y, sin embargo, tengo la sensación de que me enfado con demasiada frecuencia y, lo peor, es que muchas veces no sé ni por qué.

Después de analizar bien las causas de estos prontos sin sentido, he descubierto que, casi siempre, son enfados conmigo misma, aunque ya imaginaréis que también perjudican a los que están a mi lado.

Es muy triste pero cosas como quedarme en la cama hasta las mil, pasar la tarde en el sofá o tirarme horas cotilleando en Internet son algunos de los detonantes.

Sé que resulta paradójico y quizá más de uno se sorprenda: resulta que cuando haces lo que te da la gana ¡es cuando te enfadas! Pero es así y la clave está en que cuando hago lo que me da la gana, no siempre es lo que en el fondo quiero.

El problema está en que, cuando ya lo he hecho, me doy cuenta de que he perdido un tiempo precioso que podía haber aprovechado para ir al monte con los peques, jugar al parchís todos juntos o hacer un bizcocho y, entonces, llega el enfado.

Con esto no quiero decir que no pueda pasar un domingo por la mañana en la cama, el problema está cuando se convierte en un hábito.

Me explicaré. Si me preguntaran qué es lo qué más feliz me hace en el mundo diría que disfrutar con la gente a la que quiero y verles felices a ellos. Sin embargo, cuando me dejo llevar por el momento, en vez de seguir el dictado de mi corazón, me dejo llevar por la comodidad.

Hay más felicidad en dar que en recibir”

A veces necesitamos experimentar en carne propia los dichos populares para creérnoslos. Yo ya lo he hecho y, os aseguro, que soy mucho más feliz cuando venzo la pereza y preparo un desayuno especial con los peques que cuando me quedo yo conmigo misma y mi edredón.

Y a ti, ¿qué te hace perder los nervios?

Encontrar la luz cuando todo va de mal en peor

¡Qué mal llevo cuando las cosas salen del revés! Y más aún si algo que parece bueno, por más que lo pida, no sale adelante. Miro al Cielo enfadada y grito: “¿Qué pasa?, ¿por qué permites esto?” Nos hace sufrir y no entiendo por qué si puede no lo soluciona… 

Estos días de Adviento, como os dije, estoy profundizando en la Navidad. Esta mañana he imaginado a José, obligado a viajar a Belén con su mujer embarazadísima…¡estaba de 39 semanas! ¿Os imagináis el percal? Y era el primer hijo…, que ya sabéis que ¡todo cuidado con el primero parece poco! Vaya contratiempo pensarían…

Les veo caminando muchas horas (¡eran cerca de 150km!), y a José agobiado pensando dónde dormirían, si les daría tiempo a llegar antes de que se pusiera de parto o si sería allí en mitad de la nada, qué cenarían y mil incertidumbres más; y una vez en Belén, comenzaría la preocupación al ver que nadie les acogía. Sólo les ofrecieron un viejo pesebre, frío, sucio, sin cama ni cocina, sin apenas luz, con un par de animales ahí en medio… 

¿¿Os imagináis la escena?? ¡Peor no podía salir! ¿Cómo iba a nacer ahí el Hijo de Dios? ¡No tenía ningún sentido! Si yo fuera José os aseguro que estaría desesperada…, me enfadaría muchísimo; sin embargo ellos estaban tranquilos. Confiaban en que Dios les protegía y que sería Él quien escogiera el “mejor” sitio para su Hijo. Tenían una fe tan grande que les llenaba de paz.

Y aunque para nosotros, si nos ponemos en la situación, aquello no tenía ningún sentido; nos damos cuenta ahora de que aquella catástrofe tenía todo el sentido del mundo. Si hubiera nacido donde le correspondía, en un palacio rodeado de sirvientes, oro y lujo, no nos atraería ni de lejos. 

Se hizo pobre, vino sin nada, para que nosotros ahora entendamos y nos sintamos comprendidos. Para enseñarnos a amar incluso cuando lo imprescindible falta

Y muchas veces a mí me pasa lo mismo. No veo el sentido de las cosas que me pasan, a mí o a quiénes conozco. Una enfermedad, necesidades económicas, un terremoto, una persona joven que fallece…y me indigno. No soy capaz de ver más allá, y aceptar que a veces las cosas aunque parezcan horribles no lo son porque detrás de ellas hay un plan divino que yo no veo. ¡Ojalá pudiera confiar como la Virgen y San José!

Por eso, siento que el Señor hoy me dice que cuando todo parezca ir mal, confíe. Que Él tiene planes a más largo plazo, sólo necesita que me fíe de Él y le deje llevar las riendas de mi vida (¡esas que me encanta controlar yo sola!). 

Que tenga paciencia, que ponga amor en lo que me toque en ese momento y confíe, y que entonces todo tendrá sentido. Yo lo voy a intentar, y os animo a vosotros a hacer lo mismo, porque si miro atrás no veo en mi vida nada que no se haya solucionado con el tiempo, veo su mano protegiéndonos.

¿Cómo afrontáis vosotros esos momentos en los que no se ve luz al final del tunel?